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Los márgenes del tiempo

¿El tiempo es relativo?

Vamos muy deprisa, es el mal endémico de estos tiempos. Correr. Llegar antes donde sea que necesitemos acudir. Los relojes controlan todo lo que somos y nos quejamos de que no nos dejan coexistir en paz. Pero difícilmente paramos.

Pero tal vez el problema tampoco seamos solo nosotros mismos sino la gran confusión que se ha generado en torno al tiempo. Parece que debemos economizar, ir más deprisa para lograr determinados objetivos y si no los logramos, tememos convertirnos en unos completos fracasados.

Estamos en un momento en el que por un lado tenemos toda la libertad del mundo para decidir que queremos ser y como ejercerlo. Sin embargo existen factores que nos empequeñecen e impiden coexistir con lo que deseamos y las necesidades que tenemos dentro de nosotros. Se suman un montón de condicionantes y adversidades auto-elegidas que se han convertido en parte de la cotidianeidad.  Tal vez ha llegado el momento de sentarnos, reflexionar y preguntarnos que deseamos realmente. Porque en términos generales tenemos un mundo rodeándonos que parece exigirnos mucho y darnos muy poco. Sin embargo, ¿y si fuéramos nosotros mismos los que nos restamos? ¿Los que no nos damos lo que necesitamos? Presionados por una serie de obligaciones auto-impuestas que nos encorsetan en vez dejarnos libertad de elección. 1

Con el devenir de los tiempos actuales se ven por todas partes grandes titulares, información imprecisa que vuela en cualquier dirección posible y situaciones fragmentadas, en torno a lo profesional, lo emocional o lo económico y que afecta, especialmente, a la comunicación.

Lo paradójico (y basta con detenerse unos segundos para percibirlo) es que esta era repleta de  avances tecnológicos y de información es el peor período posible con respecto a la cercanía autentica y la comunicación, tanto en un sentido eficaz como realista. Existe mucha desinformación y tan al alcance de la mano, que a menudos nos perdemos y no sabemos encontrar el camino de regreso. Gozamos de miles de posibilidades y de medios a nuestro alcance para relacionarnos con hermanos, amigos, parientes amantes… tanto que el resultado es un montón de datos cruzados y terminamos dialogando con una pared de cemento armado sobre asuntos tan dispares como el cambio climático, cómo nos sentimos o de la distancia que encontramos en las relaciones que nos rodean, señalando algunos  ejemplos facilones. 

El mayor superviviente de la comunicación no es entre una interacción sana entre individuos (qué más quisiéramos), sino las conversaciones banales en torno a una cervecita o reunidos ante el televisor.  

Lo que da un balance esperanzador, pero que resulta insuficiente dadas las enormes expectativas que nos vendemos unos a otros respecto a “¡Estamos conectados!”. Grandes dinosaurios que denostamos porque los acusamos de privarnos de intimidad autentica y que, si lo pensamos bien, eran el menor de nuestros males en la incomunicación de otros tiempos, como la caja tonta, las maquinitas o encerrarnos en búnkers privados.  Ahora las pantallas campan a sus anchas por todas partes. Convertidos en adictos a la imagen pro- Un Mundo Feliz caminamos por un pasillo sicodélico repleto de tubos de colores y pantallazos. En sí no tienen nada de malo salvo que olvidemos que somos personas de carne y hueso. Que respiramos y latimos, no programados para seguir múltiples defectos artificiosos, sino para brillar desde nuestro yo propio. La esencia que somos.

El mundo avanza, debe hacerlo. ¿Y nosotros retroceder? Recordemos el viejo símil de la escalera; subes tan deprisa los peldaños para llegar cuanto antes a la cima, que en tu afán te dejas en los escalones cosas verdaderas e importantes que luego lamentarás haber perdido y que vas echar mucho de menos.

O tal vez sea mucho peor, a lo mejor terminas por no recordar lo importantes que han sido y que siguen en vigor.  El avance tecnológico y comunicativo es muy ventajoso, todos coincidimos en lo mismo.  Lo consideramos útil. Pero nuevamente vamos demasiado deprisa. ¡Corre, corre, corre”! En tu ocio, corre, en tu trabajo corre, en tu vida familiar, corre.

La vida no está hecha para devorarse a sí misma sino para recrear un mundo en la que tú elijes qué quieres experimentar. Y sí, por supuesto; eso incluye tomársela como una carrera rápida en la que llegar cuanto antes si esa es tu decisión.

 

¿Debemos dejarnos arrastrar por un sistema predeterminado? 

¡Pues no! ¿Por qué habríamos de hacerlo? Es cierto que la vida tiene un ritmo, un avance propio y que somos los herederos de nuestro tiempo. Estamos aquí por un motivo, y quejarnos y rechazar Lo que es” no es sinónimo de avance sino de retroceso. Cuando explota una realidad hemos de afrontarla porque algún motivo tiene para aparecer en nuestras vidas.

Y además de este reconocimiento de la verdad también se da el hecho de que la inercia es muy mala conductora en el camino. Lo que nos lleva a una reflexión lógica; si asumimos lo que está sucediendo como parte de un proceso en el mundo, podemos optar también por reconocernos como parte fundamental de este sistema establecido.

 

Asumir la propia responsabilidad; la propia elección.

En un camino en el que no son unos pocos elegidos quienes lo han creado, sino que somos todos, lo que significa que tenemos responsabilidad sobre ello y algún poder, por lo tanto tenemos la capacidad de cambiar cosas que anteriormente tuvimos la capacidad de crear entre todos.

Y ese cambio es individual, es personal. Es uno frente a su mundo manejando sus propios hilos. ¿Quieres ir más lento? ¡Hazlo! ¿Necesitas girar en otra dirección? ¿Te has parado simplemente a pensar que está moviendo tu Universo? Son asignaturas pendientes que no te puedes permitir eludir. Es tu propia inercia siguiendo una estela común, y en las partes que compartas la dirección de esa estela, perfecto. Sin embargo todo lo que realizas de manera reactiva, o sea; no consciente no tiene razón de ser por el sencillo motivo que no lo estás eligiendo. En ese sentido vives en una cárcel y el carcelero eres tú mismo.

Existen multitud de sistemas pre- establecidos, de acuerdo. Desde como adquirir un billete de tren a un móvil, pero no existe una sola manera de realizarlos, y desde luego todo lo que ataña a tu mundo interno y su expansión fuera de ti te pertenece. Es incuestionable. ¿O alguien te marca al ritmo al que te mueves? ¿Las cosas que haces? ¿Cómo duermes, sueñas, amas, comes o vives?

El ritmo al que late tu corazón, la forma en la que tu mente procesa; ¿quién lo marca? ¿Quién está realmente al mando? ¿A quién pertenece el poder del ser que te conforma?  

 Tu margen de acción es altísimo a nivel individual y negarlo lo único que consigue es que cada vez te asfixie más, al hacerlo más pequeño y más mísero. Cada vez que no eres consciente, cada momento que no eliges, conforme más permites que la inercia sea semejante a una bola de nieve que te envuelve, estas acrecentando un fenómeno de no intencionalidad, de no elección de tu camino.  Un espacio- globo en el que tú no participas. Una esfera inconsciente, inerte. Un muñeco en medio de la tempestad que se precipita al vacío.

La opción sensata es que tomes las riendas y decidas desde una posición de libertad y compromiso hacia ti, porque sino el mundo elegirá por ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

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